La libertad de ser devorados

Aquí yace una paradoja cruel que azota el Caribe: imaginemos por un momento a un pueblo sometido a una austeridad perpetua, cuya infraestructura se desmorona y cuya juventud huye en masa, pero que al preguntársele la causa de su mal, solo atina a encogerse de hombros o a murmurar vagas acusaciones sobre la corrupción local. ¿No es acaso curioso que la ideología que rige cada respiración de la vida puertorriqueña contemporánea carezca de nombre en la discusión pública diaria?

​Hablamos de la Junta, de LUMA, de la deuda, del huracán. Pero rara vez nombramos a la arquitectura invisible que conecta todos estos puntos: el neoliberalismo. ¿Saben realmente lo que es? ¿O hemos aceptado su presencia como aceptamos la humedad del trópico, como una ley biológica ineludible en lugar de una construcción política diseñada?

​Su anonimato en Puerto Rico no es un accidente; es su mecanismo de defensa más formidable. Nos permite ver el cierre de cientos de escuelas, el colapso del sistema de salud y la venta de nuestro patrimonio costero como eventos aislados, desgracias meteorológicas o castigos por una supuesta irresponsabilidad fiscal colectiva. Sin embargo, si nos detenemos a observar con la lupa de la historia crítica, veremos que no son accidentes. Son el resultado exitoso de una filosofía coherente que, desde las sombras, ha redefinido al ciudadano puertorriqueño como un mero consumidor (y a menudo, un consumidor fallido) en un mercado donde la democracia se ha convertido en una pantomima.

​Esta doctrina, que Monbiot describe con tanta agudeza, postula que la competencia es la característica definitoria de las relaciones humanas. En el contexto de nuestra isla, esto se traduce en una violencia estructural devastadora. Se nos dice que el mercado premia el mérito y castiga la ineficiencia. Pero, ¿qué "ineficiencia" castiga el mercado cuando una abuela en Lares muere porque no hay luz para su respirador? ¿Es eso un fallo del mercado o es el mercado funcionando exactamente como fue diseñado: maximizando la extracción de renta sin la "carga" de la responsabilidad social?

​Hemos internalizado el credo del opresor. El puertorriqueño se culpa a sí mismo. "Vivimos por encima de nuestras posibilidades", repetimos como un mantra suicida, ignorando las ventajas sistémicas del capital foráneo y las leyes de cabotaje que asfixian nuestra economía. En este mundo de ganadores y perdedores, si no puedes pagar una renta en Rincón porque un beneficiario de la Ley 60 ha triplicado el precio, la lógica neoliberal te susurra que el problema es tu falta de emprendimiento, no un sistema diseñado para el desplazamiento.

​Paul Verhaeghe documenta epidemias de autolesión y soledad en Europa bajo este régimen. En Puerto Rico, la soledad tiene otro rostro: la del exilio forzoso y la de los ancianos que se quedan atrás en urbanizaciones fantasmas. Somos la colonia de la soledad, administrada por una tecnocracia que ve en nuestra tierra no un hogar, sino un activo depreciado listo para la liquidación.

​Hayek y Von Mises, los arquitectos de este pensamiento, temían que la planificación estatal llevara al totalitarismo. Es una ironía amarga, casi literaria, que para "salvar" a Puerto Rico de la insolvencia, se haya impuesto la forma más pura de totalitarismo financiero: la Junta de Supervisión Fiscal. Aquí se cumple la profecía de Hayek, pero a la inversa: su preferencia por una "dictadura liberal" antes que un gobierno democrático sin liberalismo económico. La Junta es la encarnación de ese sueño húmedo del capital: poder absoluto para imponer austeridad, proteger a los bonistas y desmantelar lo público, sin la molestia de tener que buscar votos. La democracia en San Juan se ha reducido a teatro; los actores declaman en el Capitolio, pero el guion se escribe en oficinas de Nueva York. 

​La libertad que nos vende el neoliberalismo es, como bien señala la crítica histórica, la libertad del lucio para devorar al pececillo. Libertad para que las aseguradoras de salud denieguen servicios vitales; libertad para que el capital extranjero especule con nuestra vivienda sin aportar a la base productiva; libertad para envenenar nuestros acuíferos y privatizar nuestras playas.

​Recordemos la doctrina del shock. Milton Friedman vio en el huracán Katrina una oportunidad para "reformar" (léase: privatizar) la educación en Nueva Orleans. ¿No les suena familiar? Tras el huracán María, mientras el pueblo contaba cadáveres, los buitres del desastre ya redactaban los contratos para privatizar la red eléctrica y desmantelar la Universidad de Puerto Rico. La crisis no fue una tragedia para ellos; fue un catalizador. Donde nosotros vimos dolor, ellos vieron una hoja de cálculo con oportunidades de crecimiento. 

​Y así, llegamos a la gran estafa de la "eficiencia". Se nos prometió que la privatización de la AEE traería un servicio de primer mundo. En cambio, tenemos a LUMA: una entidad que extrae rentas garantizadas del estado mientras el servicio colapsa. Esto no es capitalismo de libre mercado en el sentido clásico; es rentismo parasitario. Es la transferencia de riqueza desde los bolsillos de la clase trabajadora puertorriqueña hacia las cuentas de ejecutivos que no arriesgan nada porque el estado —ese mismo estado que dicen odiar— asume todos los riesgos.

​El neoliberalismo en Puerto Rico es un dios que ha fallado, un "zombi" que sigue caminando porque no hemos sido capaces de articular una alternativa coherente. La izquierda y el centro político, atrapados en la vieja dicotomía del estatus, a menudo carecen de un vocabulario económico que desafíe la raíz del problema. Invocar a Keynes o pedir más fondos federales es intentar curar un cáncer con aspirinas; no aborda la metástasis estructural de un sistema diseñado para la extracción, no para la vida.

​¿Cómo podemos, entonces, salir de esta parálisis? No basta con oponerse a la Junta o gritar "LUMA fuera". Eso es reaccionario. La tarea intelectual y política del momento es más ardua: debemos imaginar un nuevo sistema. Necesitamos un "programa Apolo" económico caribeño que reconozca que el crecimiento infinito es imposible en una isla finita amenazada por el cambio climático.

​La pregunta que debe quitarnos el sueño no es cómo pagamos la deuda, sino esta: ¿Cómo construimos una sociedad donde la dignidad humana no esté sujeta a la volatilidad de un mercado que ni siquiera conoce nuestro nombre? Mientras no nombremos a la bestia, seguiremos viviendo en sus entrañas, digeridos lentamente por un sistema que nos convence, día tras día, de que nuestra desaparición es culpa nuestra.



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