El Fascismo que Deseamos: Por Qué la Extrema Derecha Sigue Siendo Seductora

"Las masas no fueron engañadas, ellas desearon el fascismo". Esta frase, lanzada como una bomba intelectual por Gilles Deleuze y Félix Guattari, reverbera hoy con una urgencia aterradora. Mientras observamos el resurgimiento global de movimientos de extrema derecha, nos aferramos a una explicación cómoda: la gente está siendo manipulada por la desinformación, engañada por la propaganda y asustada por la crisis económica. Es una narrativa que nos absuelve, que presenta a las masas como víctimas pasivas de una maquinaria malévola.

Pero, ¿y si esa no es toda la verdad? ¿Y si, como argumentaron pensadores desde Spinoza hasta Wilhelm Reich y la Escuela de Frankfurt, el fascismo no es algo que simplemente se impone, sino algo que se anhela activamente?

La tesis tradicional es insuficiente porque ignora el papel del deseo. No el deseo de ser oprimido, sino el anhelo de orden en medio del caos, de pertenencia frente al aislamiento y de una identidad fuerte en un mundo que parece desmoronarse. El fascismo histórico, y sus ecos contemporáneos, no triunfan simplemente mintiendo a la gente sobre sus intereses económicos; triunfan seduciendo sus deseos más profundos.

La Psicología de la Sumisión

Wilhelm Reich diagnosticó esta "perversión del deseo gregario" hace casi un siglo. Argumentó que una sociedad que reprime sistemáticamente los impulsos vitales y sexuales a través de estructuras autoritarias como la familia patriarcal, crea un "carácter" que anhela la sumisión y canaliza su frustración en agresión y odio. Erich Fromm lo llamó el "miedo a la libertad": la angustia del individuo moderno, aislado y ansioso, que busca escapar de su propia autonomía fusionándose con un líder o un movimiento que le ofrezca seguridad y propósito.

Estos análisis no describen a una población "engañada", sino a una psicológicamente predispuesta a aceptar una solución autoritaria. El fascismo ofrece un pacto diabólico: renuncia a tu libertad crítica y, a cambio, te daremos una comunidad, un enemigo claro a quien culpar de tus problemas y la embriagadora sensación de ser parte de algo más grande que tú mismo.

El Espectáculo del Poder

Esta seducción no opera a nivel racional, sino estético. Walter Benjamin lo llamó la "estetización de la política". El fascismo transforma la política en un espectáculo de masas: desfiles, uniformes, símbolos y rituales que generan una experiencia emocional y colectiva de poder. No se busca convencer con argumentos, sino abrumar con emociones. Se le da a la gente la oportunidad de expresarse y participar en la grandeza de la nación, sin necesidad de cambiar las estructuras de poder que los oprimen.

Hoy vemos esta misma estrategia en los mítines coreografiados, la retórica incendiaria en redes sociales y la construcción de líderes como figuras mesiánicas. La política se convierte en un drama de "nosotros contra ellos", donde los sentimientos de agravio y la promesa de una restauración mítica del pasado son mucho más potentes que cualquier debate sobre políticas públicas.

El Fascismo Interior y la Lucha de Hoy

Michel Foucault nos advirtió sobre "el fascismo que está en todos nosotros, en nuestras cabezas y en nuestros comportamientos cotidianos". Este "microfascismo" es la tendencia a desear el orden por encima de la libertad, a anhelar respuestas simples para problemas complejos y a buscar la eliminación de lo que percibimos como diferente o amenazante.

La lección para nuestra era es incómoda pero crucial. Combatir el resurgimiento de la extrema derecha no puede limitarse a verificar datos y desmentir mentiras. Esa es una batalla necesaria, pero insuficiente. La verdadera lucha se libra en el terreno del deseo. Requiere entender las ansiedades y anhelos legítimos que el fascismo explota y ofrecer formas de comunidad, seguridad y propósito que sean liberadoras en lugar de opresivas.

Mientras no abordemos el porqué las masas desean lo que la extrema derecha ofrece, seguiremos sorprendiéndonos de que, una y otra vez, elijan su servidumbre como si fuera su salvación.


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